Durante muchos años mi trabajo fue cara al público, tuve
la suerte que tenía clientes amables y educados, la gran mayoría eran
simpáticos y cordiales, pues cuando llegaba el número 100 ese era todo lo
contario: Grosero, maleducado e insolentes y eso me hacía olvidarme de los 99
que antes había atendido, que eran perfectos y excelentes.
¿Cómo un solo caso me podía hacer olvidar de los
restantes 99 clientes positivos? Y entonces perdían la batalla por una sola murmuración negativa.
Por solo un comportamiento insolente e irrespetuoso me
amargaba el día completo, no sabía valorar que el resto de la jornada todo me
había salido perfecto.
Estaba claro que lo malo ganaba la lucha a lo bueno, no tenía la capacidad de diferenciar y separar esas dos acciones, que pena.
Tenemos
que tener la facultar de aprender a discrepar de esas experiencias tóxicas y quedarnos solo con lo
positivo.

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